sábado, 6 de diciembre de 2008

Adiós a las patatas fritas

Aún me acuerdo de aquellos días en los que no se podía resistir a las patatas fritas. Se pasaba el día comiendo patatas fritas, abriendo bolsas, una detrás de otra, sin parar. Por la mañana, por la tarde, por la noche. Yendo a la universidad, volviendo de la universidad, haciendo tiempo esperando a los colegas... Siempre era un buen momento para abrir una bolsa de patatas fritas y llevarlas a la boca.

No sé, casi era un vicio. No dejaba nunca ni un rastro de patata frita en las bolsas. Hasta la última miguita caía en su boca. Y luego humedecía la puntita de su dedo para que se quedarán pegadas a él las miguitas más pequeñas y así se las comía.

Sin embargo, un buen día empezó a dejar las patatas fritas. Empezó a dejar esas miguitas y siguió por ir reduciendo el número de bolsas de patatas fritas diarias. Y ahora ni las prueba. Es increíble, pero ya no toma más patatas fritas. Y fíjate que a veces abro una bolsa en su presencia y la aireo bien para que le llegue el aroma. Nada. No se siente atraido o tentado. Da igual que estén hechas en aceite vegetal o de girasol. Ya le da exactamente igual. Las ignora por completo.

Ya dijo adiós a las patatas fritas.

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