domingo, 12 de agosto de 2007

El Lego que vino del mar

Érase una vez un hombre con un chiringuito de playa. Era muy feliz porque llegaba el verano y se hartaba de ganar dinero gracias a las sardinas a la plancha, los gambones, las navajas, los camarones y la caña de cerveza.

Además, gracias a la prohibición de plantar sombrillas a menos de seis metros de la orilla tenía el chiringo completamente abarrotado siempre. Entre la gente que había en la playa y los metros de terraza que tenía, con que te descuidaras un poquito ya estabas en terreno del chiringuito y tenías que consumir.

Un día, mientras servía una de esas cervezas light con esa canción tan chula del anuncio, “do iiiit, do iiiiit, put yourself in my place…”, divisó algo flotando en el agua. Se dio cuenta de que tenía forma humana y ni corto ni perezoso, sin prisa pero sin pausa, porque a quien madruga Dios le ayuda, saltó la barra del bar veraniego y, quemándose los pies en la arena y no sin antes haber puesto una tapita de altramuces, salaítos y dulces, a una familia de rubios germanos que disfrutaban de la idiosincrasia española, salió corriendo hacia el agua.

Allí, se libró del encargado de las pedaletas de un empujón y rápidamente se puso a pedalear rumbo al cuerpo flotante. Al llegar a su altura se temió lo peor. El cuerpo estaba completamente rígido y no respondía a los estímulos lanzadas por su rescatador.

Lo arrastró como pudo hasta la orilla y allí pudo comprobar sorprendido que no se trataba de un ser humano. Era un lego gigante. Sí, en serio, un lego gigante como el encontrado en la playa de Zandvoort, en Holanda. El hombre lo miró extrañado y sin saber muy bien qué hacer. Finalmente se tiró sobre el muñeco y tras hacerle un masaje cardíaco combinado con una táctica sutil del boca a boca logró que el muñeco expulsara todo el agua que se había tragado y algún que otro eructo, y volvió a respirar.

El lego gigante se puso en pie y en agradecimiento se comprometió de por vida a ser la mascota del chiringuito y jugar con los niños en la playa mientras los padres se ponían finos a mejillones y cañitas.

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